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05
Mar
La vida es corta. Y creo que he sido bendecido con una memoria bastante dura de borrar, que preserva detalles.

Solo pensando... trozos de memorias

Me pasa que puedo recrear días enteros con detalles muy vívidos. No estoy alardeando de mi memoria, en ocasiones pienso que no es tan conveniente. Varias veces he deseado olvidar y no saber. Tu sabes, mejor no saber que metiste la pata en grande, o mejor no saber que acabas de gastarte ese día especial y que ya no volverá. Pero le saco buen partido a esto, cuando me siento a escribir. Y verás, porque...

... tengo algunas escenas en mi memoria que no puedo olvidar. El sol del atardecer en una play del litoral salvadoreño, la brisa cargada de la sal, y la arena negra que se mete entre mis dedos. Esa tarde, mi padre atrapó de un solo atarrayazo muchos peces que se convirtieron en la cena feliz de nuestra familia humilde. Recuerdo esta cena con especial cariño porque sabía que tenía una familia que era la mía. Mi papá, mi mamá, mis hermanitos. Y bueno, mi pescado frito. Ahh, la capacidad de ser feliz con lo poco cuando se es un niño.

Recuerdo cuando pasaba por la casa de mi abuela Emma. Quedaba a unas 6 cuadras desde mi casa, y camino a la escuela, pasaba a saludarle, y salía al rato con algunos mangos y un "Dios te bendiga" sonándome en la cabeza. La certeza de saber que tienes ancestros con nobleza corriéndole por las venas.

Una noche asistimos a la boda de buenos amigos y estábamos juntos mi Patita y yo. Eramos novios. Confieso que la boda, la música romántica, la cena, las luces del cielo, todo esto fue una gran celebración, pero casi exclusivamente para nosotros. No, no es que los novios desaparecieran, es que hicimos esa fiesta para nosotros dos. Hablamos con todos, pero solo necesitabamos mirarnos por segundos para sumergirnos en nuestro mundo secreto. Amor delicado y real. La dicha de tener a alguien a quien darle la vida entera.

El no quería comer, mi mamá le insistía, le rogaba, regañaba, etc. El quería comer junto conmigo. El mismo alimento teníamos cada uno en su plato, pero él quería comer del mío y que yo le diera. Tenía casi dos años y sus cabellos eran rizados de un color amarillo muy singular. Gerson era nuestro pequeño hermanito. La sorpresa de sentirte honrado por medio de acciones poco convencionales.

Su raspón fue raspado de nuevo. Su rodilla, marcada por previas raspadas, otra vez está sangrando, no mucho, pero lo suficiente para hacer brotar un llanto que a todo padre le parte el corazón. Agua tibia, subirla cargando a su camita, tratarla como a ave pequeña y herida, poner una curita y darle un beso de sanidad. La nena dice: deberías haber estudiado para ser doctor. Awww... la alegría que rodea el corazón por haber sido útil para aliviar el dolor de nuestros amados.

Y los chistes, las conversaciones, los silencios, las peleas, los abrazos, los desvelos, las levantadas temprano, los besos fugaces, la taza de café, el saber que ella está ahí, en algún rincón de esta pequeño lugar sagrado que llamamos nuestro hogar.

Piezas de felicidad, brisas suaves de gozo, la misma brisa que mueve a las pequeñas plantas con ternura. El gozo de saberse vivo. Lo feo y nauseabundo de este mundo puede empañar este brillo de vivir. Más he visto su poder debilitarse cuando enaltezco estos pequeños instantes eternos: trozos de feliz plenitud.

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